Allá por el siglo XIV, hace cuatro días, los Reyes de Aragón ya gustaban de saber comer bien, y tenían en las mesas de sus comedores lo que era reconocido como un placer de la vida. que como dejo Eclesiastés en su libro: "No hay para el hombre nada mejor que comer y beber, y gozar de su trabajo".
Por aquellos siglos viejos, las grandes familias con poderes tenían gentes en su palacios que les servían y muy bien en sus comidas.
Había compradores, que se encargaban de la intendencia, despenseros que conservaban los alimentos y los ordenaban en sus almacenes y despensas, en donde no podía faltar abundante azúcar, jengibre, miel, aceite, grasas de cerdo, quesos, algunos pescados salados, vinagre y vinos olorosos, especias muy abundantes y hierbas aromáticas.
Tenían también panaderos amasadores, aguadores para las bebidas de todo tipo junto a los bodegueros amigos que les suministraban los mejores vinos, elegidas aguas si alguien no quería vino, y un buen número de cocineros y ayudantes de cocina.
Como es lógico de suponer, los camareros o sirvientes de la mesa eran de variado uso. Unos cortaban las carnes o pescados antes de servirlos, otros hacían de coperos o sumiller para las bebidas, que a veces incluso se mezclaban con agua según los gustos, pues los vinos de aquellas épocas eran duros, fuertes, ásperos.
Y sobre todos ellos un mayordomo que los organizaba, elegía los platos, los probaba, inspeccionaba su calidad y decidía qué se servía y qué debía ir a la basura. Todo lo que se servía en la mesa era probado antes por varios trabajadores de cocina, y en presencia de los encargados, para evitar envenenamientos.En aquellos años había cinco clases muy diferentes de cocinas, pues hablamos de un territorio con realidades muy distintas.
La corte real aragonesa, itinerante pero con base frecuente en Zaragoza era una de ellas, las cocinas nobiliarias de grandes casas aragonesas como los Luna, los Urrea o los Gurrea, luego existían muy diferentes las cocinas eclesiásticas de monasterios y capítulos catedralicios, y por último las cocinas urbanas de las casas burguesas zaragozanas.
Y en el extremo totalmente opuesto, la cocina doméstica campesina y de supervivencia, la de alimentarse con lo que había en cada momento, de la que apenas hay documentación directa. Era una cocina con una convivencia de tradiciones cristianas, árabes y mudéjares junto a recetas de la cultura judía en los oficios alimentarios, que la hace especialmente singular en el contexto europeo de la época. Pero de la que no hay suficientes datos.
Tenían también panaderos amasadores, aguadores para las bebidas de todo tipo junto a los bodegueros amigos que les suministraban los mejores vinos, elegidas aguas si alguien no quería vino, y un buen número de cocineros y ayudantes de cocina.
Como es lógico de suponer, los camareros o sirvientes de la mesa eran de variado uso. Unos cortaban las carnes o pescados antes de servirlos, otros hacían de coperos o sumiller para las bebidas, que a veces incluso se mezclaban con agua según los gustos, pues los vinos de aquellas épocas eran duros, fuertes, ásperos.
Y sobre todos ellos un mayordomo que los organizaba, elegía los platos, los probaba, inspeccionaba su calidad y decidía qué se servía y qué debía ir a la basura. Todo lo que se servía en la mesa era probado antes por varios trabajadores de cocina, y en presencia de los encargados, para evitar envenenamientos.En aquellos años había cinco clases muy diferentes de cocinas, pues hablamos de un territorio con realidades muy distintas.
La corte real aragonesa, itinerante pero con base frecuente en Zaragoza era una de ellas, las cocinas nobiliarias de grandes casas aragonesas como los Luna, los Urrea o los Gurrea, luego existían muy diferentes las cocinas eclesiásticas de monasterios y capítulos catedralicios, y por último las cocinas urbanas de las casas burguesas zaragozanas.
Y en el extremo totalmente opuesto, la cocina doméstica campesina y de supervivencia, la de alimentarse con lo que había en cada momento, de la que apenas hay documentación directa. Era una cocina con una convivencia de tradiciones cristianas, árabes y mudéjares junto a recetas de la cultura judía en los oficios alimentarios, que la hace especialmente singular en el contexto europeo de la época. Pero de la que no hay suficientes datos.
